Identidad personal

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La identidad personal se elabora a partir de las decisiones tomadas en la infancia en función de lo percibido y recibido del mundo exterior (padres, profesores, mentores, televisión, Internet…etc.) de acuerdo a nuestra conducta natural.

Moiso determinó la existencia de cuatro identidades:

  1. Identidad potencial (Príncipe o Princesa): es la identidad primitiva con la que se nace y supone la aceptación de talentos y limitaciones bajo la influencia de los padres y otras figuras de autoridad. Sólo en personas que han satisfecho sus necesidades, se desarrollará la identidad del Príncipe o Princesa, una identidad realista, positiva y propia de personas autónomas e independientes.
  2. Identidad ‘La Máscara’: con ella, el menor puede imaginar o crear respuestas a sus necesidades identificativas, que al final integra como suyas.
  3. Identidad fantástica: Héroe o Heroína. Se crea para mantener oculta la realidad del inconsciente.
  4. Identidad negativa o de guión: Sapo o Rana. Se crea a partir de mandatos limitadores que se tomarán como reales por el niño. Oséase: el menor recibe mandatos (comunicación no verbal de los padres hacia el niño, emitida y recibida en momentos estresantes, que afectan a la actitud natural del infante y a sus áreas de identidad) y contramandatos (comunicación verbal de los padres al niño dirigida a modelarlo para su correcta adaptación en la realidad social).

Los mandatos, que tienen contenido negativo, suelen estar dominados por el ‘no’ y un verbo característico, obteniendo una estructura del tipo ‘No + verbo +Resto del predicado’. Ejemplos: ‘No seas malo’, ‘No decidas ahora sobre eso’ o ‘No seas sexual’.

Por tanto, los mandatos crean limitaciones al niño a la hora de enfrentarse a la vida diaria, distinguiéndose por tomar decisiones de tipo dependiente (posición introyectiva), contradependiente (posición proyectiva) o independiente (posición nihilista).

Basada en estos conceptos, nació la terapia de redecisión, encaminada a la toma de nuevas decisiones por parte de nuestro componente ego-niño, para su correcta integración en el componente ego-adulto.